Relatos del CICIMAR

Naufragio en Bahía Magdalena

Sandblast

Dra. Rosa Isabel Ochoa-Báez

Dr. Julián René Torres-Villegas

Durante muchos años hemos estado haciendo muestreos de sardina en la flota comercial de Bahía Magdalena, de forma que se hizo parte habitual de la vida de sus pescadores el que cuando llegaba un grupo de "intrépidos biólogos" para muestrear había que alojarlos. Ahí recibimos clases de nudos, tejido de redes, uso del poco equipo electrónico que llevan, señales marinas y alguna que otra receta de cocina especial de parte de cada tripulante.

Además, una charla muy amena cuando esto se puede dar, puesto que aunque los marinos gustan de las tertulias con los amigos, sobre todo frente a una cerveza, el resto del tiempo, normalmente, es gente muy reservada y de pocas palabras.

La empresa armadora determinó un día que modernizaría su flota y cambió su barco original, el "B/M Santo Tomás", un pequeño sardinero de madera con capacidad de bodega de 40 toneladas, por otro llamado "B/ M Géminis", que podía llevar en su bodega 60 toneladas. La modernidad de este buque consistía en que estaba equipado con un sonar, aunque me parece que al patrón de pesca nunca le quedó claro para qué servía aquel trasto con pantalla luminosa.

Para este barco, la naviera utilizó parte de la misma tripulación del barco anterior, lo que realmente constituyó un premio para ellos. Con los años nos conocimos bien y nos instalábamos en el barco con mucha familiaridad. Pronto hubo otro intento por modernizar el equipo con el que e] armador hacía la captura que condujo a la adquisición de un segundo barco llamado "B/ M Sapo vii", un nombre poco afortunado para cualquier embarcación, aunque fuera pesquera. Cuando llegó no se utilizaba mucho, debido al aforo que la planta enlatadora tenía, pero entusiasmado por la nueva embarcación, el patrón de nuestro barco, Enrique Calvillo Meza, negoció con la gerencia de la conservera para que nos prestaran el "Sapo viii" a fin de hacer algunos experimentos con la sardina. Por supuesto, les prometimos que el pescado que se capturase se entregaría a la planta. La idea era obtener muestras durante las horas de la tarde y no en la madrugada como regularmente se hacía en las operaciones de pesca comercial. Esto debió ocurrir cerca del mes de julio, por lo menos recuerdo que hacía mucho calor.

Por ese entonces trabajaba en el Cicimar un ingeniero pesquero llamado Daniel Geritz, egresado del Instituto Tecnológico del Mar de Veracruz, un cruco delgado, alto, rubio, como buen descendiente de alemanes, muy trabajador e inquieto, con licencia de instructor de buceo. Cuando salimos de La Paz rumbo a Bahía Magdalena, me enseñó la gran novedad: le habían enviado de Japón unos anzuelos para capturar sardinas. En mi vida había oído hablar de ello, pero ahí estaban, me los mostró, tenían de largo algo así como medio centímetro cuando mucho. Cuando subimos al barco alguno de los marineros comentó: "Ahora los biólogos quieren pescar mosquitos con anzuelos, cada vez van peor".

En esa campaña como patrón de pesca iba el señor Enrique Calvillo Meza, que ya trabajaba para el Centro desde hacía no mucho un hombre delgado, moreno y muy tostado por el sol, de edad indefinible corno cualquier pescador, de una gran vitalidad, muy dado a contar anécdotas y muchas mentiras. El señor Calvillo es conocido por varias de sus habilidades, pero una de ellas es su gusto por la música, toca el violín lo mismo que Corno un mariachi el son de "La Negra", que un nocturno de Chopin, es músico de escuela.

Por allá de las dos de la mañana se avistó un cardumen y se hizo el lance de pesca. Una vez cerrada la bolsa, el barco quedó atravesado al viento y fue empujado sobre la red, que quedó enganchada a la quilla. Estábamos en la operación de separar el barco cuando de pronto notamos humo por la escotilla de la proa; para cuando dimos aviso ya salían llamas e inició la confusión. El fuego empezó por el cuarto de máquinas mientras todo mundo estaba ocupado en la pesca, todos corrían por la cubierta buscando qué hacer, el maquinista intentaba bajar por la escotilla de la cocina al cuarto de máquinas, otros jalamos una manguera de una bomba auxiliar para tratar de detener el fuego pero todo resultó inútil; la madera del barco, demasiado vieja e impregnada de una mezcla de diésel y grasa de sardina resultó excelente combustible. En un momento, las llamaradas de la proa lograron derrotar al barco.

Afortunadamente no hubo ninguna persona lesionada siquiera, pero la confusión fue terrible. El cocinero Fisher inmediatamente largó todo lo que tenía en las manos y fue el único que salió con el salvavidas puesto; histérico, daba voces para que abandonáramos el barco. El pangón que jalaba la cola de la red se aparejó al barco y de inmediato saltó a él, no sin antes lanzar por delante a Nancy Romero Ibarra, una estudiante que iba con nosotros 3 tomar muestras para su tesis.

Esto ocurrió tan rápido que de pronto todos estaban en el pangón. "Nos vamos", dijo Calvillo, mientras yo estaba ocupado en salvar lo que llevábamos de equipo: una balanza, la red de plancton, un flujómetro y cosas así, con toda la irresponsabilidad del mundo, debo reconocer.

Aún recuerdo a Calvillo parado en la borda del pangón con todos arriba, sujetando la borda del barco y gritando: "¡Vámonos, pero ya!" y el cocinero histérico chillaba: "¡Déjalo!" Bueno, al final se salvó lo que se pudo y afortunadamente mi imprudente desatino no causó más problemas.

Subí al pangón y nos empezamos a alejar, sólo llevábamos unos metros cuando estalló una lata de 200 l de aceite que estaba junto a la escotilla de proa. Salió disparada por los aires, girando y dispersando aceite encendido en espirales que nos alumbraron aún más. Azorado, vi el estallido y sentí en la cara el calor que aquello despidió, como el aliento de un dragón enfurecido.

Lo que siguió realmente fue triste, puesto que como éramos catorce a bordo, entraba agua por la borda, el motor apenas podía funcionar y además llevaba poco combustible. Nos ocupamos de achicar con las botas y los cascos de trabajo que algunos aún llevaban puestos. Finalmente, unos pescadores del poblado de Puerto Alcatraz que se encontraban cerca del percance, salieron en dirección al accidente para dar rescate y cuando nos encontraron nos llevaron al Sector Naval de Puerto Cortés, donde llegamos casi al alba.

De esa noche recuerdo muy bien ver alejarse el barco en llamas; no pudimos hacer más que abandonarlo. De ahí en adelante nos pasaron cosas desagradables que prefiero obviar. Baste decir que no pudimos encontrar ayuda por parte de las autoridades del Sector Naval; no obstante, algunos oficiales y sus familias se solidarizaron con nosotros y fue la valiosa ayuda que recibimos.

Finalmente llegamos a Puerto Alcatraz por ahí del filo del mediodía, puesto que hubo que caminar por la playa de un lugar a otro. Cuando arribamos fuimos recibidos como héroes. Resulta que en el poblado vieron el fuego a la distancia y se organizó un grupo de pescadores para el rescate, sin embargo, para cuando llegaron no encontraron a nadie, así que regresaron con la noticia de que no se veían supervivientes.

Las familias de tres de los tripulantes vivían en ese poblado, por lo que al recibir esa noticia, estaban de luto. Literalmente llegamos al pueblo para nuestras exequias. La noticia de que habíamos sobrevivido se extendió rápidamente; de hecho, nos dimos a la tarea de comunicar que habíamos llegado bien y que sólo se había perdido el barco, a través de un radio teléfono del comisariado ejidal local.

Hambrientos, sucios y sin dormir, ya se nos había pasado lo más fuerte de la impresión y el grupo empezó a hacer remembranza de lo que había ocurrido. El motorista hablaba de que la cena se había quedado servida, otro había dejado sus papeles de mar, Otro había perdido unos pantalones nuevos y en fin, todos habíamos perdido algo, pero habíamos salvado la vida V nadie estaba herido afortunadamente.

El cocinero tuvo que reconocer que, a pesar de sus cuarenta años de marino, no sabía nadar y de ahí su histeria. Las familias del pueblo nos alojaron en sus casas, nos dieron de comer y nos dejaron dormir unas horas. Por la tarde llegó el "Géminis" para llevarnos a San Carlos, el puerto de salida.

También ahí se supo de la muerte de todos y luego del mensaje desmintiendo esta versión; el caso es que cuando llegamos al pueblo, uno de los dos restaurantes que había organizó una comilona para festejar nuestro regreso. Sirvieron camarones a discreción, caldo de camarón y jaibas rellenas, eso sí, con abundante cerveza. En un momento de la fiesta, con todas las familias y amigos de los tripulantes se decidió por unanimidad darle a Calvillo el apodo de "Capitán Nemo", aunque a ciencia cierta aún no sé por qué.