Recordando al Dr. Daniel Lluch Belda y al MC Joaquín Arvizu Martínez.
Dedico este relato a la memoria de dos de mis colegas y excelentes amigos desde nuestros tiempos de estudio en la Carrera de Biólogo, a la vez estando asignados al INIBP, posteriormente Instituto Nacional de Pesca (INP), ambos, compañeros de trabajo en esa institución. En su larga vida profesional laboraron como investigadores tanto en el INP como en el CIBNOR y en el CICIMAR IPN en donde dejaron huellas perdurables hasta su sensible fallecimiento. Particularmente, el Dr. Daniel Lluch Belda desempeñó un papel destacado tanto en el campo de la ciencia como en diferentes cargos administrativos de gran importancia en las tres instituciones citadas. A inicios del mes de septiembre de 1965 (59 años y seis meses atrás) el INIBP organizó, la que creo fue la primera expedición para prospección y reconocimientos biológicos en aguas del Pacífico mexicano que tuvo cierto carácter formal, a diferencia de los estudios que algunos compañeros ya realizaban en barcos de arrastre camaroneros o en plantas y áreas receptoras de productos pesqueros.
Para tal efecto, tres “biólogos”, entonces todavía estudiantes de la carrera en la ENCB del Instituto Politécnico Nacional: Daniel Lluch Belda, Joaquín Arvizu Martínez y Oscar E. Holguín Quiñones, recibimos sendos oficios de comisión para trasladarnos al puerto de Mazatlán Sinaloa, en donde abordaríamos el barco “Yolanda Maru” bajo el mando del Capitán Arturo Díaz González, con el encargo de realizar observaciones y (o) recolectas, cada cual, en su campo de estudio (mamíferos pinnípedos, peces y algas, respectivamente), siguiendo el plan de crucero a lo largo de la costa occidental de la península de Baja California e islas adyacentes. Además, nos acompañaría en el crucero el Doctor Dale Rice, quien era un reconocido investigador de una Universidad de California, experto en el estudio de mamíferos marinos, acostumbrado a navegar en los mejores buques de investigación de aquella época.
En Mazatlán, el Dr. Rice ya nos esperaba en el mejor hotel del puerto (hotel Belmar), mientras que nosotros tres pasamos una noche en cuarto compartido en un hotelito económico del centro de la ciudad. Por la mañana, hicimos presencia en la recepción de dicho hotel en donde ya esperaba el desconocido para nosotros Dr. Rice, quien se distinguía soltando humo de su pipa encendida, le saludamos e invitamos a acompañarnos al muelle para abordar nuestro también desconocido buque. Al llegar al muelle buscando entre muchos barcos pesqueros al “Yolanda”, vimos que, desde el puente de mando de un barco de acero evidentemente falto de mantenimiento, en su mayor parte oxidado, un hombre de constitución robusta nos saludaba agitando el brazo y con amplia sonrisa, era el capitán. Todos abrimos tamaños ojos, pues creo que lo teníamos en mente como un barco de investigación. Cabe decir que al Dr. Dale Rice casi se le cae la pipa al quedar boquiabierto, como congelado. En su semblante no se adivinaba si se pondría a llorar o soltaría la risa o se desmayaría, pero nada de eso hizo debido a su entereza y buena educación; mientras Daniel, en su buen inglés, trataba de explicarle o tal vez de disculparse.
El capitán bajó al muelle y después de los saludos nos invitó a abordar la embarcación en donde distribuyó los lugares en que cada uno iba a tener su litera. Al Dr. Rice desde luego le tocó la mejor, era un camarote independiente situado al lado de babor sobre cubierta, más bien un cuartito con su buen catre anclado al piso y su pequeña mesita, a un costado de dicho camarote se encontraba el único sanitario, de 1 m2, que descargaba agua de mar, sin posibilidad de darse un baño con agua dulce. Daniel Lluch quedó en otro cubículo minúsculo con litera por ser coordinador de crucero y junto con Joaquín y dos técnicos pesqueros bajando una escalerilla de proa ocupamos una cabina con dos literas marineras de doble camilla adheridas a la estrechez de las paredes en V de la proa, sobre la lámina de cada una había una delgada colchoneta, eso sí nueva, pero, nada de sábanas, almohada o cobijas. El barco en cuestión, según nos comentó posteriormente el capitán, era una embarcación pesquera decomisada a los japoneses ¿o coreanos? por pesca ilegal en aguas territoriales mexicanas, la cual rebasaba los 40 años, tenía buena estabilidad y era muy navegable, pero no daba más de 7 nudos/h de velocidad.
El capitán nos comunicó que esa misma tarde zarparíamos, puesto que lo único que faltaba era que el cocinero llegara en una camioneta pickup de la oficina de pesca con las provisiones del crucero de 10 días para 11 tripulantes. Pero quien llegó a medio día fue el chofer para informar al Capitán que el cocinero no regresó del mercado y lo estuvo buscando. Entonces, el Capitán comisionó a José Rodríguez Villanueva, alias “Manís”, patrón camaronero segundo de abordo y uno de los pescadores, el Nemorio, para que fueran a buscarlo hasta la zona de tolerancia. Resulta que el cocinero era conocido en Mazatlán y se sabía de sus gustos, así que pronto se enteraron de que estando borracho se había metido a una de las casas alegres de la zona, había derrochado, o bien, los policías le quitaron el dinero de las provisiones, pero estaba resguardado en la cárcel por un escándalo que armó.
Desde luego que no se rescató nada del dinero y no era posible zarpar de noche sin alimentos, pero tampoco se contaba con lo suficiente para la compra de provisiones, había además que conseguir otro cocinero y junto con el “Manis” ir temprano al mercado nuevamente a avituallarse, de manera que pernoctamos en el barco y el capitán de su propio peculio o mediante algún préstamo reunió algo para la despensa y pospuso la partida para más tarde. El Dr. Rice no se enteró del suceso.
El plan de trabajo iniciaría en el extremo sur de la península costeando por el lado del Pacífico para hacer muestreos sistemáticos en diferentes puntos ribereños o cercanos a la costa, pasando la bahía Magdalena, la laguna de San Ignacio, las islas Natividad, Cedros y San Benito para luego tomar mar abierto en dirección noroeste hasta la isla de Guadalupe en donde se haría la captura en playa de algunos elefantes marinos (género Mirounga angustirostris, que deben su nombre popular a la pronunciada trompa que presentan los machos) y avistar al lobo o foca fina de Guadalupe (Arctophoca philippii) que no se le llegó a ver. A la postre se trasladaría a los elefantes a las islas Coronado para dejarlos en su nuevo hogar donde se esperaba restablecer su población que en esa zona habían desaparecido o menguado considerablemente. Después navegaríamos hacia el puerto de Ensenada para nuestro retorno vía terrestre.
Sin mayores inconvenientes, anocheciendo iniciamos nuestra partida del puerto de Mazatlán, cruzamos el golfo en 30 horas hasta tocar tierra en el cabo de San Lucas pasada la segunda noche, entonces tratábamos de dormir luchando por no sentir el ruido, la vibración y el calor producidos en el cuarto de máquinas que quedaba debajo de nuestro piso, así como el golpeteo de las olas que el barco en marcha iba rompiendo. De día la pasábamos dándonos vueltas en cubierta, mientras Daniel y el Dr. Rice rastreaban la superficie del mar con sus catalejos para localizar ballenas, contarlas e identificarlas.
Por la mañana desembarcamos en el muelle de la procesadora de pescado y atún que daba trabajo a las familias de cabo San Lucas, a poca distancia se ubicaba el terregoso poblado de pescadores y sus familias en lo que hoy es el corazón del destino turístico de Cabo San Lucas, allí, en tierra suelta se levantaban desordenadamente las casas alrededor de una especie de placita y más afuera palapas y casitas de los pocos habitantes. Eso sí, pudimos contemplar en lo alto del acantilado, confundido con las rocas, el único hotel a la vista, el “Finisterra”, del que supimos que había sido construido en 1947 y que recibía turistas de Estados Unidos, quienes llegaban en avionetas o en yates, Cabo San Lucas era todavía como tierra de nadie, sus pocos habitantes no tenían noción del costo de un predio en los alrededores del pueblo; uno de ellos comentó, respondiendo a la pregunta que le hizo Joaquín Arvizu, que en las afueras del pueblo se podían conseguir terrenos por casi nada.
Al filo del mediodía, dejamos el golfo de California y entramos de lleno al Océano Pacífico siguiendo la costa occidental de Baja California Sur haciendo algunos muestreos y lances de red de arrastre, dormimos anclados en Puerto Chale y de día ingresamos a la Bahía Magdalena para tirar redadas y de muestreo de invertebrados y algas en áreas con manglar (Foto # 1) durante dos días y continuar en las estaciones en aguas someras en puntos anotados en el derrotero.
O el dinero reunido fue insuficiente para las compras de provisiones, o no se hicieron bien los cálculos, pero al cuarto día del trayecto, ya escaseaban suministros esenciales y no había lo suficiente para comer salvo arroz, papas, cebollas, harina, frijoles, sopas de pasta en agua de cubos de pollo, café con azúcar limitado, sin leche, nada de carnes, huevos, fruta o verduras. Lo que nos salvó de la “hambruna”, además de que el cocinero no se distinguió por darnos bien de comer, fueron las redes de pesca de arrastre que al operarlas cerca de la costa proporcionaban pescado, calamares o camarón y mucho material biológico que entre Joaquín y yo seleccionábamos (peces, algas e invertebrados) para luego introducirlos en formol con sus respectivas anotaciones.
Hasta una tortuga prieta, estando abollada en la superficie del agua fue cogida de inmediato por Nemorio arrojándose a su alcance, quien la retuvo y la viró vientre arriba, después fue izada a cubierta y posteriormente, sacrificada y destazada marchó derechito a la olla (en esa época no había veda para estos quelonios). Desde luego que el Dr. Rice le hizo el feo, se sentía mal y no se animó a comer de su plato de caguama acompañada de tortillas medio pasadas y salsa picante.
Para beber y cocinar se usaba el agua de coloración ocre de los tanques a la cual bautizamos como agua de tamarindo, para disfrazarla, el cocinero le ponía un saborizante en polvo y así se veía mejor, más de tres acabaron con síntomas y secuelas de urgencias al baño. El primero en sufrir los efectos dañinos en su sistema digestivo fue el Dr. Rice, los mexicanos éramos resistentes a estos problemas, estábamos acostumbrados a la comida de todo tipo, incluso la callejera y hasta a beber el agua de los tanques de almacenamiento del barco. Por lo mismo, el capitán optó por acercarse al sector naval de Puerto Cortés en la isla Margarita e hicimos parada obligada en dicho lugar con el fin de que lo atendiera un médico. Hasta aquí, no recuerdo que pasó con el Dr. Rice, pues no lo volví a ver a bordo, seguramente, el comandante del sector naval, enterado por el médico de las malas condiciones de alimentación e higiene en nuestro barco, dispuso por seguridad, apoyarlo para el retorno a su país.
El compañero Daniel Lluch se quitó un peso moral de encima, pues, él había recomendado invitar al Dr. Rice sin saber de las condiciones en que íbamos a tener en el susodicho barco.
En horas de navegación nos reuníamos alrededor de la mesa del comedor para jugar algunas partidas de baraja y dominó después de la cena, aprovechaba el tiempo también para subir a un compartimento habilitado como laboratorio para estar en solitario como buen autista, tímido-reservado, e ir leyendo El lobo estepario, de Herman Hesse o El anticristo de Friedrich Nietzsche. Veinte años después alguien me hizo el comentario de que en el barco mis colegas bromeaban llamándome “Lobo estepario”, el otro mote “anticristo”, hubiera también sido apropiado puesto que no creía ni en mi abuela.
Joaquín Arvizu era una persona muy directa, bromista y algo mordaz en sus comentarios. Una tarde, sentados a la mesa en el juego, nos enfrascamos en una discusión en pro y en contra del desempeño de nuestros jugadores de la selección nacional. Hablábamos de un partido de futbol importante que el cuadro de México sostendría próximamente contra alguna selección extranjera, cuando uno de los técnicos pesqueros, muy serio, sin quitar la vista de su juego comentó que, analizando la situación a profundidad, lo más seguro era que México iba a ganar y si no, pues iba a perder dependiendo de la capacidad o incapacidad de los jugadores.
Todos nos quedamos pensando unos instantes en la sesuda conclusión del compañero y fue entonces que Joaquín, sin despegar tampoco la vista a sus cartas, intervino para decir que si así fuera lo más seguro en todo caso, es que México empataría, puesto que solamente había tres posibilidades y nuestros valerosos jugadores no se dejarían ganar, sobre todo, con la ayuda de la virgen de Guadalupe. Daniel Lluch por su parte, tomaba muy en serio su papel de coordinador del crucero y tenía largas pláticas con el capitán Díaz González sobre navegación, exploración pesquera y técnicas de captura que se aplicaban en el Japón de acuerdo con sus propias experiencias en ese país.
En diferentes puntos de la costa peninsular e islas, el barco tiraba el ancla y se fondeaba para pernoctar. Durante el día desembarcaba junto con Nemorio y alguien más para hacer recolectas de algas e invertebrados costeros en ambientes propicios (por ejemplo Puerto Chale, Bahía Magdalena, Bahía San Ignacio y otros puntos); asimismo, dentro del itinerario, se tendía la red de arrastre a poca distancia de la costa con red del tipo chango camaronero a 10 o 20 brazas de profundidad, mediante los cuales se obtenían más que camarones, otros crustáceos, diversidad de peces de fondo (Foto #1), moluscos, corales, esponjas y algas. Entonces era cuando, junto con Joaquín y los técnicos pesqueros nos dedicábamos a seleccionar, medir, pesar especímenes, anotar en libreta, arrojar al agua los que estaban vivos y escoger muestras para incluir en formol las que llevaríamos al laboratorio central, en tanto que el “Manis” y el cocinero apartaban los peces de buenas tallas, camarones y otros especímenes que irían al cuarto frío y para la cocina. Acercándonos a la costa, Daniel Lluch no perdía oportunidad de hacer conteos de lobos marinos asentados en las rocas o en el agua ribereña, determinar especie y sexo apoyado con sus catalejos.
Después de que pasamos la Bahía Magdalena todavía no se sentían los efectos de algún mal tiempo, pero cuando al norte, cerca de San Juanico aparecieron nubes como en chorro y brisa fuerte del sureste con olas mayores, el barco empezó a balancearse más de lo debido. El capitán y el “Manis” sabían que estábamos en tiempos de huracanes, pero que aún quedábamos lejos de que nos llegara un evento de tal naturaleza, si bien la recalada del oleaje generada al sur podía resultar peligrosa tratándose de una tormenta o de un huracán, sobre todo para una embarcación como la nuestra de lenta navegación, que apenas disponía de una pequeña lancha de desembarque y algunos chalecos salvavidas.
Por lo mismo el capitán optó por enfilar la proa hacia el norte, a máxima velocidad, manteniéndonos a corta distancia de la costa. No se contaba con que el barco además de su lentitud pudiera llegar a presentar problemas mecánicos, pero sucedió que, por el esfuerzo de la huida, a unas 10 millas mar adentro, la máquina se detuvo ya con marejada, por alguna razón quedamos a oscuras y a la deriva, balanceándonos de lo lindo durante las horas de la noche. Resulta que ya nos habíamos acostumbrado al vaivén y al ruido y vibración producidos por los motores y dormíamos plácidamente, así que, de pronto el silencio de las máquinas dañadas nos despertó no entendiendo lo que pasaba y en plena oscuridad sólo sentíamos las sacudidas del barco que se mantuvo a la deriva y los gritos en el cuarto de máquinas pidiendo una linterna, por lo que empezamos a especular sobre la posibilidad de un naufragio; mientras, escuchábamos en las afueras las del capitán, el maquinista y el “Manís”, quienes después nos informaron sobre la máquina averiada, la consiguiente oscuridad y la falta de comunicación por radio debido a la falla en el sistema eléctrico.
No fue sino hasta antes de rayar el sol, cuando el maquinista y el segundo de abordo metidos en la caliente sala de máquinas y alumbrándose con una lámpara de mano consiguieron reparar el daño. Estuvimos incomunicados por horas mientras el barco se bamboleaba arrastrado por la corriente y buena parte del personal a bordo, incluyendo a los mejores marineros, no nos salvamos de marearnos incluso tendidos en las literas, donde por cierto el efecto del mareo es peor. En cubierta por lo menos refresca la brisa y hay manera de boquear a través del barandal, pero entonces era muy riesgoso hacerlo.
Ya pasada la tempestad vino la calma, parece ser que sí hubo un huracán cerca de la península, pero se desvió al oeste. Enseguida de pasar y muestrear por la laguna de San Ignacio y punta Abreojos, acompañado de un técnico pesquero desembarcamos al filo del mediodía en la isla Natividad con Nemorio al mando de la lancha para realizar muestreos en donde se pudo nadar con snorkel, visor y aletas, recomendado por los pescadores de langostas y buzos abuloneros, quienes temporalmente eran residentes en la isla.
Arribamos una tarde a Cedros, una de las pocas islas con habitantes permanentes adyacentes a la península de Baja California, su población era de alrededor de 300 personas, casi todos dedicados a pescar, explotar la sal, bucear abulón, sacar langosta con trampas, así como a trabajar en la planta empacadora de sardina y abulón. Ahí, además de hacer muestreos biológicos en la franja de entre mareas, pudimos comprar algo en la pequeña tienda por cuenta de cada quien, como refrescos y golosinas, y para la cocina solamente se adquirieron latas de leche evaporada, unos kilos de azúcar, algunas cebollas y papas, ni pensar en las frutas, verduras, huevos, lácteos y carne porque no las había en existencia, pues el proveedor (¿un barco o un avión?) llegaba cada semana procedente de Ensenada para entregar avituallamiento a la tienda, encomiendas o encargos y recoger los productos de pesca que transportaba enhielado a aquel puerto. Más tardaba el encargado de la tienda en colocar los productos a la vista que ésta en vaciarse.
Durante la larga travesía por mar abierto desde la isla Cedros a la Guadalupe recolectamos algas de mantos flotantes de Macrocystis pyrifera (Foto #2), hubo muy buen tiempo y el capitán Díaz González, como lobo de mar experimentado, con el ojo en la bitácora, guiándose con la brújula, atisbando de noche las estrellas y de día mirando la posición del sol, consiguió que fuera avistada la isla desde muchas millas de distancia, en dirección a la proa sin haber cambiado el rumbo. El barco desde luego no disponía de los aparatos con los que contaban las embarcaciones que navegaban en altamar, mucho menos de los recursos técnicos para comunicación y navegación por satélite como hoy en día se dispone.
Nos acercamos al islote del Zapato por el sur, un gran peñasco rocoso, para luego enfilar a un recodo entre riscos con una pequeña playa arenosa en el extremo sur de la isla Guadalupe, justamente donde se ubicaba un campamento meteorológico y en donde también había algunos pescadores. Ahí, amablemente nos ofrecieron café con leche en lata y galletas de animalitos que nos confortaron.
Permanecimos anclados en ese lugar una noche y dos días haciendo corridas cortas en el sur de la isla, por lo que aproveché un tiempo después de los muestreos de algas, para hacer un recorrido a pie en solitario siguiendo una vereda por el monte, siempre al pendiente de tomar referencias de la costa para no perderme, con el objeto de ver los efectos que los ramoneos y depredación de la vegetación nativa, en especial pinos, cipreses jóvenes y vegetación endémica, producidos por miles de cabras y ovejas ferales descendientes de las que fueron introducidas tiempo atrás por los cazadores de ballenas para avituallarse de carne y que se habían convertido en una verdadera plaga. Recorrí varios kilómetros haciendo una recolección de algunas plantas fanerógamas (gramíneas y ramas de matorral con flores) que luego llevé en una prensa hechiza al Dr. Jerzy Rzedowsky para el herbario de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas.
Dejamos el campamento y el capitán llevó costeando su navío rumbo al norte por su lado oriental hacia una zona de playa en donde habitaba una comunidad bastante grande de elefantes marinos. Estos mamíferos reposan sobre la arena y rocas en grupos de cinco a diez hembras con sus crías y un macho dominante de enorme tamaño resguardando el harem del acecho de los otros escandalosos machos. El barco fondeó a poca distancia de la playa y desembarcamos en la panga frente al sitio en donde tomaban el sol los aparentemente mansos animales. El “Manís” y tres hombres más se aprestaron, en primer lugar, a lanzar desde varios metros (como si fuera una atarraya) una malla de red resistente al cuerpo de un macho joven de mediano peso (unos 150 kilos, Foto # 3), en medio de gran agitación y los rugidos de docenas de animales. Una vez apresado el animal, con nuestra ayuda se le llevó a rastras por la arena hacia la panga y luego remolcado envuelto en la malla para finalmente izarlo con el winche hasta la cubierta de la embarcación (Foto # 4).
Después se aplicó la misma operación con cuatro hembras jóvenes sin cría, de unos 80 kilos cada una. Con esta singular carga el barco partió rumbo al noreste, unas 200 millas hasta las Coronado, un grupo de cuatro islas aledañas al actual municipio de Tijuana, BC, en donde los ruidosos elefantes marinos fueron liberados con el fin de repoblar las diezmadas poblaciones de mamíferos marinos de esas islas. Los pobres animales nadaron en círculos y se acercaron a tierra felices, después de haber pasado unas 20 horas en cubierta, asustados por tener que vivir semejante aventura. (nunca supimos si habrán vuelto a la isla Guadalupe o se adaptaron y reprodujeron).
De ahí, cumplida nuestra misión enfilamos hacia el Puerto de Ensenada, deseosos de ya no comer pescado, sino la pizza más grande y un refresco o cerveza bien fríos, nos despedimos del Capitán Arturo Díaz González, del “Manís”, de Nemorio, del cocinero y otro pescador quienes regresarían por mar al puerto de Mazatlán. Satisfechas las ansias de comer pizza en Ensenada, los expedicionarios, “Biólogos” y técnicos pesqueros emprendimos el regreso por tierra a nuestros destinos de origen, abordando un autobús de la línea “Tres estrellas de oro” que nos llevó a Tijuana y de este lugar en otra unidad de la misma línea hasta la ciudad de México, DF, en un trayecto de 48 horas.
O. Holguín Q.